El taxi se paró bajo el semáforo rojo dejando cruzar a un grupo de chicas vestidas de sábado noche. En ese momento escuché un silbido adulador que las hizo girar sin que encontraran a nadie tras ellas, el mismo silbido que había oído dos semáforos atrás. Le pregunté al taxista por él y me confesó que llevaba un panel oculto con botones para emitir sonidos y quedarse con el personal. Me dijo literalmente: “Pasamos muchas horas en el trabajo, hemos de sentirnos bien en él”.
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